Oro y lloro, pero esto cada vez se pone peor

“Oro y lloro, pero esto cada vez se pone peor”, me decía mi hija de siete años, con los ojos llenos de lágrimas, mientras me señalaba el humo que se veía por nuestra ventana en el campo del vecino.

El incendio había comenzado como una pequeña fogata a unas cuadras de casa, pero por el calor y el viento, no tardó en avanzar hacia los terrenos con construcciones.

Mi hija, al ver tanto humo y fuego, entró en pánico y, para poder calmarla, me pareció una buena idea pedirle que se quedara dentro de casa orando, pidiéndole a Dios que el fuego no llegara hasta las casas.

Mientras tanto, entre los vecinos nos ocupábamos de apagar el incendio, que hasta el momento solo había quemado pasto y árboles, pero que avanzaba velozmente hacia las casas.

Era un lunes al mediodía. Muchos de los dueños de casa se habían ido a trabajar, pero en cuanto se enteraron de lo que estaba pasando, volvieron para ayudarnos.

“Hay que llamar a los bomberos para que vengan a apagar el fuego”, me decían mis hijas gemelas de tres años, que habían aprendido en el jardín que, cuando hay fuego, hay que llamar a los bomberos.

Finalmente, entre los vecinos y los bomberos, se pudo apagar el incendio, y nadie salió herido ni se perdieron casas, aunque el fuego sí alcanzó un galpón.

En el momento en el que mi hija “oraba y lloraba”, no se veía una respuesta de parte de Dios, y lo que ella decía era en parte verdad, todo estaba cada vez peor: el fuego seguía avanzando, cada vez había más humo, y el viento aumentaba su intensidad propagando las llamas con más velocidad.

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Pero lo que ella no estaba viendo era la cantidad de vecinos que estaban ayudando, que los bomberos colaboraban también en donde más se necesitaba, y que finalmente ninguna casa ni persona sufrió daño alguno.

Lo que ella no estaba viendo es que su oración, con voz temblorosa, con sus pequeñas manitos juntas y con esas lágrimas de desesperación que no cesaban, sí estaba siendo escuchada.

Y que, tenía razón, todo se ponía peor. Pero todo se ponía peor desde su punto de vista, desde la desesperación.

Lo que ella no podía ver era cómo terminaba la historia. No podía ver el final. No podía ver que, horas más tarde íbamos a estar caminando por el barrio, viendo cómo el fuego se había detenido, gracias a la colaboración de tantos vecinos, justo antes de alcanzar las casas y algunos pastizales altos que hubiesen complicado bastante el asunto.

Ella, en su desesperación, no podía ver cuántas personas, en un mediodía de semana, en pleno horario laboral, ayudaban a que el incendio se detuviera.

Y por último, ella, en ese momento, no sabía que “ella” muchas veces soy yo, desesperada por las situaciones que no puedo controlar, angustiada porque lo que quisiera mejorar se “pone cada vez peor”, y porque, en medio de mi situación, me olvido de recordar que Dios sí me está escuchando, y que tal vez lo único que me falta es conocer el desenlace, y saber que finalmente, cuando pueda ver el panorama completo, mi oración va a ser como la del atardecer de ese día del incendio, agradeciendo la bondad y fidelidad de Dios.

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Gracias por leer este artículo. Te invito a compartirlo con tus amigas ♥

Marisol

2 comentarios en “Oro y lloro, pero esto cada vez se pone peor”

  1. Silvia Villodres

    Hola Marisol, soy Silvia, la mamá de Gaby de Spinozzi. Me alegro mucho de que vuelvas a publicar historias. Me agrada leerlas, siempre tiene alguna enseñanza. Gracias !! ❤️

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